El mensaje del teclado. Piano Circus, de Londres a Buenos Aires.

Por Juan Andrade. Nota extraída de la revista 3 Puntos, número 288, sección Personajes.

Son un grupo de seis pianistas ingleses. Tocan en círculo, se dedican a la música contemporánea y son excelentes intérpretes. Pero no se quedan ahí.
Hace poco estuvieron en Argentina y, además de presentarse con todo éxito en los teatros Colón y San Martín, hicieron un workshop orientado a la musicoterapia en un sentido amplio y totalmente alejado de lo académico. La idea es que la experiencia del grupo continúe desarrollándose aquí.

Se supone que la función de los grupos de trabajo formados por Piano Circus -una banda de seis pianistas ingleses- tiene que ver con una cuestión mucho más práctica que teórica. Ellos, además de tocar, trabajan con chicos que padecen dificultades de aprendizaje. Entre las lecciones que dejan a su paso ellos subrayan que la creatividad está lejos de ser un don exclusivo: para manifestarse lo único que necesita es una oportunidad.

Además de presentar el evento/feria Colección de Pianos en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, y de cerrar el Ciclo de Música Contemporánea del Teatro San Martín, la original orquesta británica formada por los pianistas Kate Heath, Semra Kurutac, Lindy Tennet-Brown, David Appleton, Richard Harris y Richard Saxel encabezó durante su estadía en Buenos Aires un workshop dividido en dos turnos: en el primero se encontraron con adolescentes con síndrome de Down y en el siguiente con autistas asperger.Al igual que en sus conciertos, los músicos se sentaron frente al círculo que describían los seis teclados. Solo que esta vez cada uno de ellos compartía la butaca con un terapeuta y un alumno: al cabo de tres jornadas, elaboraron una pieza con la asistencia de los instrumentistas.

La experiencia no es una novedad para los ingleses. Desde su formación en 1989, el sexteto desarrolla paralelamente una actividad educativa en colegios y entidades comunitarias que incluye cursos intensivos para gente de distintas edades y aptitudes. Luego de finalizar uno de los talleres con los chicos Down, David Appleton explica: "La idea es comunicar, compartir nuestra experiencia musical con una audiencia. En Londres cada uno de nosotros da clases individuales, pero con Piano Circus frecuentemente hacemos workshops con grupos de adultos, estudiantes de música y a veces niños con problemas".

En realidad, la ideóloga de esta apertura hacia terrenos extramusicales es Kate Heath, una joven pianista, que cuenta con cierto desparpajo que todo empezó en una época en la que tenía que rebuscárselas para llegar a fin de mes. Y una de las changas que encontró fueron las clases de piano para los alumnos con necesidades especiales que quedaban al margen del sistema de enseñanza formal inglés.

"A través de la música se puede comunicar mejor, es una puerta para mejorar. Por eso trabajamos en círculo, en una rueda en la que todos son iguales y se hace música compartiéndola", dice Heath, que se encargó de capacitar a sus compañeros de equipo para este tipo de actividades.

"No tenemos entrenamiento en Musicoterapia ni conocimientos de psicología; lo hacemos desde nuestra experiencia de enseñar música. Por eso se da el intercambio con especialistas de diferentes disciplinas, con los que nos mantenemos en contacto y hacemos evaluaciones de cada proyecto para saber cómo seguir. Tenemos algunos de largo alcance, pero también sirven los de corto plazo: hay que tomar un punto de partida. Esta vez estuvimos tres días, pero aun con un solo encuentro hubiera alcanzado para ver cómo responden los chicos".

Ronda abierta.

El taller de la tarde era para los autistas asperger, cuya capacidad intelectual muchas veces es brillante. Uno de los participantes se comunica en perfecto inglés con el músico que lo acompaña, aunque jamás tomó una clase de idioma: todo lo que sabe lo aprendió prestando atención a los diálogos de las películas y las series televisivas.

Después de hacer algunos ejercicios de precalentamiento reciben una consigna de Kate, que se para en el centro del círculo: "Ahora quiero escuchar algo tenebroso, un tema tipo Drácula", repite en castellano la traductora. Y lo que se escucha a continuación por cierto lo es. Algunos tocan el teclado, otros intervienen indirectamente. Sus posibilidades de comunicarse se agilizan en ese ámbito. Cada uno de sus intentos sirve para aportar algo a la obra que se compone en tiempo real. Cuando la terminan, el título de la composición se impone: Pesadilla.

A su alrededor hay una veintena de especialistas que llegaron desde Tucumán, San Juan, Rosario, Bahía Blanca y Neuquén invitados por el British Council para observar el encuentro. "Este es un espacio creativo que va más allá de las discapacidades: todos tenemos capacidad para la música -destaca la musicoterapeuta sanjuanina Marcia Bustos-. La música opera como mediador de la comunicación y también de lo lúdico. Es un lenguaje que está por encima de los idiomas".

Bustos trabaja desde hace siete años con autistas y dice que al cabo de una jornada notó una evolución. "Algunos no participaban en los juegos, pero después, a partir del instrumento, empezaron a interactuar. Aún hoy noté una evolución en los chicos: se desenvuelven con mayor fluidez que ayer, están más involucrados con el grupo".

Para María Rosa Alfonsín, docente de la cátedra de Metodología Musical de la carrera de Musicoterapia de la UBA, también fue un acierto la elección del registro: "La música contemporánea es más natural para los chicos que para los grandes, porque crecieron viendo películas de misterio con ese tipo de composiciones. Entonces se pueden comunicar más fácilmente a través de ella. Hay disfrute sin ningún tipo de prejuicio, se juntan y comparten un momento. La técnica de hoy permite estos efectos sonoros y moviliza lo que tiene que ver con lo fisiológico: la circulación sanguínea, la respiración, la transpiración".

La musicoterapeuta cree que la experiencia es un buen comienzo para seguir trabajando en la misma dirección. "El único problema sería conseguir los medios, pero se puede hacer: hay equipamiento, hay material humano. Es cuestión de implementar políticas terapéuticas adecuadas: dejar que el chico haga de adulto, que pueda explorar. Cada uno sabe a qué vino: si no se toma lo que dispara esta actividad, lo que consiguieron en estos días se pierde".

La dinámica del workshop del turno mañana es distinta: son chicos y chicas con síndrome de Down, con edades que van de los 12 a los 18. Dos de ellos son alumnos de la Escuela de Educación Especial Crei, de Villa Ballester, en la que tienen clases de música como materia fuera de programa. Teresa Garona es la directora y los acompaña desde el primer día: "En la escuela tenemos un sistema de aprendizaje más formal, más clásico.

Por eso me llamó la atención la posibilidad de intercambiar los ejercicios corporales y los vinculados con la música, como herramientas de comunicación no-verbal. Eso permite que se arme una situación de comunicación muy dinámica".

Finalmente llega el momento de interpretar la pieza en conjunto. "Eso estuvo bien, pero hay que practicar un poco el final", sugiere David Appleton. Los músicos terminan de darle forma al tema que fue surgiendo espontáneamente. Natanael lo bautiza sin dudar: Japón.

Luego llega el momento de brindar con gaseosa, poco antes de ponerse a pensar cuál puede ser la mejor manera de retomar la experiencia una vez que los músicos del Piano Circus hayan regresado a Londres. Porque lo bueno debe seguir.